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abril 22, 2021

La Tierra Media

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La TIERRA MEDIA nace del LENGUAJE

Realmente lo sorprendente de Tolkien es que haya conseguido crear un mundo tan consistente cuando realmente existen muchísimas inconsistencias en muchas esquinas de su obra. Y no es raro, ni es un ataque al autor inglés, todo lo contrario, es lógico que con el paso de los años, los cambios, los documentos perdidos, la guerra y la inmensidad del trabajo que realizó, se puedan encontrar diversas incoherencias en una obra tan grande. Demuestra lo humano de su obra.

Varias versiones del Silmarillion contiene en su contraportada una cita::

Asombra que un solo hombre, en poco más de medio siglo de trabajo, haya llegado a convertirse en el equivalente creativo de todo un pueblo

The Guardian

Y no queremos volver a caer en el pensamiento sobre la capacidad imaginativa de Tolkien ni acerca de las razas, pueblos, personajes, tierras e historias que fue capaz de escribir (esto lo repetiré mucho). Dejemos eso para conversaciones menos trascendentales. La proeza de Tolkien reside en que a pesar de que El Silmarillion es un compendio de notas, apuntes y bocetos que su hijo Christopher recopiló y organizó, no haya ningún atisbo de duda acerca de que estamos hablando del mismo mundo, de la misma historia. Nadie puede sentirse desubicado en Arda. Todos respiramos el mismo aire a lo largo de las páginas de los antiguos cuentos inconclusos. La proeza de Tolkien es que, a pesar de estar todo inconcluso, incompleto, con lagunas, nos seguimos preguntando ¿Cómo es tan real? ¿Cómo El Señor de los Anillos o El Hobbit o El Silmarillion logran atraparnos como nos atrapa?

Una manera diferente de subcrear

La realidad es que la mayoría de las personas que se dedican a escribir (casi que cualquier cosa) primero crean los personajes, los avatares, los reinos, los mapas, las ciudades, las armas, las historias, las aventuras y luego a raíz de todo esto, quizá pensándolo o sin pensarlo, otorgan nombres a todo el imaginario que han dado a luz.

Ahora bien, Tolkien era filólogo y como filólogo la base de sus pensamientos giraba alrededor de las palabras. Por lo tanto Tolkien primero buscó los nombres, primero buscó las palabras, y antes incluso de eso creó el lenguaje para darle a esos nombres justamente el sentido que, bajo el paraguas de ese lenguaje, debían tener.

Aragorn significa Valor de Rey en Sindarin, Galadriel significa en Sindarin doncella enguirnaldada de un brillante resplandor, Hobbit significa en la lengua común moradores de agujeros, Gondor país de piedra y así podríamos seguir con la mayoría de las palabras que podríamos encontrar en los libros de Ronald.

Dicho de otro modo, por poner un ejemplo; Aragorn no se llama así porque Tolkien imaginara a un personaje que iba a ser rey de un pueblo, etc. No. La historia de Aragorn se basa en su nombre y su nombre es él y su nombre es su historia.

El mundo de Tolkien nace del lenguaje y precisamente nace de lenguajes que él crea a partir de otros lenguajes que ya existen (como todo lo que cualquier ser humano es capaz de ¿crear?) y ese es el lugar al que queremos apuntar.

La argamasa que lo une todo

Tolkien no trataba su obra como un proceso de creación donde iba asignando paulatinamente nombres a eventos que ya tenía en la cabeza, Tolkien descubrió palabras, nombres y después tuvo que descubrir el evento, el personaje o el lugar que se escondía tras esas palabras. Cada palabra explotaba en su mente y generaba una historia, un caracter, un paisaje, una aventura.

Para comprender mejor esto piensa en la cohesión que desprende un lenguaje, un idioma, a toda una cultura. Piensa en cómo la lengua que hablamos constituye la argamasa que es capaz de entretejer un sinfín de historias que suceden dentro de una civilización aparentemente desconectada. El idioma da un sentido tácito a nuestra realidad en tanto que establece una coherencia aparentemente indetectable.

La argamasa de Tolkien es el Quenya de los Noldor, el Sindarín de los elfos grises, la lengua negra de los orcos y el Rohírrico de los Rohirrim. Es el Khuzdul de los Enanos y el Adunáico de Númenor de donde sale la legua común de la tierra media. Todo ese lenguaje envuelve a Arda de una riqueza lingüistica que la hace real por si misma. Sus historias no necesitan estar completas, no necesita una conclusión o una conexión totalmente liberada de errores (aunque, además, esta conexión existe, pero ese es otro tema). El lenguaje sostiene la historia, sostiene Arda.

Eduardo Segura comenta en su serie (publicada hace menos de dos semanas cuando escribimos este artículo) de manera, como siempre, tan elocuente y repleta de belleza:

«Cuando tú intentas desarrollar una historia desde el mito primigenio tienes que generar un idioma que alumbre y que de sentido a eso, si no, es demasiado episódico todo, si no, es Juego de Tronos, si no, al final es; estos contra aquellos para llegar a alcanzar algo. Si no, es simplemente la peripecia. No hay un sentido que alumbre lo cósmico, que alimente las intenciones«

Eduardo Segura

Algo que nos debe hacer pensar

¿Y a qué viene todo esto? Quizá esto lo sabías, quizá no, quizá te parezca importante o quizá te parezca trivial.

Pero la realidad es que a lo largo de los años el estudio fan del Señor de los Anillos quizá, muy a nuestro pesar (y nuestro deleite), se haya centrado en lo no importante. Y resulta fácil, con Tolkien y con la fantasía en general, centrarse en lo no importante, y quizá con otras obras no perderíamos demasiado si pensáramos que lo importante son las razas o los reinos o los personajes o las armas o las leyendas, en fin, el lore. Pero debemos entender y comenzar a re-leer a Tolkien con la idea interiorizada de que la tierra media va más allá de estos datos interesantes. El lore de la tierra media nace de algo que es capaz de transmitir mucho más de lo que se puede observar a simple vista.

Quizá nos estamos perdiendo mucho de la obra de Tolkien (y seguramente de muchas otras cosas de nuestra vida) porque no hemos encontrado aún el origen subyacente que le da sentido, cohesión y coherencia a todo.